Anoche no podía dormir. La casa estaba en silencio, solo el rumor lejano de la ciudad que nunca se apaga del todo, y yo ahí, boca arriba, con las sábanas enredadas en las piernas como si alguien las hubiera dejado a propósito. No era insomnio de los malos, era de los que calientan por dentro, de los que empiezan con un recuerdo tonto y terminan con la mano bajando despacio.
Pensé en ti. No en un tú concreto, claro, porque a veces el deseo no necesita cara ni nombre; solo necesita espacio. Pensé en esa forma en que miras cuando algo te gusta de verdad, cuando se te escapa un suspiro que no controlas. Y me imaginé que estabas aquí, sentado al borde de la cama, sin decir nada, solo mirando cómo me abría la bata poco a poco, cómo dejaba que la tela resbalara por los hombros hasta quedar atrapada en los codos. No hubo palabras. Solo el sonido de mi respiración cambiando de ritmo cuando mis dedos encontraron ese punto exacto que siempre sabe lo que quiero antes que yo.
Me moví despacio, como si tuviera todo el tiempo del mundo. Porque lo tenía. Nadie me esperaba mañana temprano, nadie iba a juzgar el desorden de las sábanas ni el gemido que se me escapó cuando apreté un poco más. Cerré los ojos y dejé que la fantasía creciera sola: tus manos reemplazando las mías, tu boca siguiendo el camino que yo había trazado, el peso de tu cuerpo encima del mío sin llegar a aplastarme, solo recordándome que estoy viva, que sigo eligiendo esto, que sigo queriendo sentirlo todo.
Y cuando llegué al borde, no me contuve. Dejé que el orgasmo me cruzara como una ola lenta, de las que te empapan entera sin hacer ruido. Después me quedé ahí, jadeando bajito, con una sonrisa tonta que nadie vio.
Esto me pasa más de lo que cuento. A veces en la ducha por la mañana, con el agua caliente cayendo justo donde más lo necesito. A veces en el sofá después de leer algo que me remueve por dentro. A veces simplemente porque el día fue largo y mi cuerpo decidió que merezco un premio antes de dormir.
No es solo sexo. Es recordarme que sigo aquí, que mi deseo no se ha dejado erosionar por el roce continuo de la rutina, que todavía puedo encenderme con un pensamiento, con un roce, con la simple idea de que alguien —o yo misma— puede hacerme temblar. Y eso, cariño, es lo más honesto que tengo ahora mismo.
Si alguna vez te pasa lo mismo, si alguna noche te encuentras pensando en alguien (o en nadie en particular) y la mano se va sola… no te sientas rara. Es solo el cuerpo diciendo “sigo vivo, sigo queriendo”. Y querer es lo más bonito que nos pasa.
¿Y tú? ¿Cuándo fue la última vez que te diste un momento así, solo para ti, sin justificar nada?
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