La luna y la flor del jazmín

mujer asiática tapando media cara con un abanico amarillo

La luz de la luna se filtraba entre las celosías de madera tallada, dibujando rayas plateadas sobre el tatami. Mitsuki había llegado al ryokan al atardecer, huyendo del bullicio de Kioto y buscando solo silencio… o eso se decía a sí misma.

La habitación olía a cedro viejo y a incienso de sándalo que aún humeaba en un rincón. Se quitó el kimono prestado con movimientos lentos, dejando que la tela cayera como agua sobre sus hombros. Desnuda, se tendió sobre el futón y cerró los ojos. No esperaba compañía. No esa noche.

Pero el aire cambió.

Primero fue un roce apenas perceptible, como si alguien hubiera pasado los dedos por el borde de la puerta shoji. Luego, el aroma: jazmín y algo más oscuro, almizcle cálido que no venía de ningún incienso. Abrió los ojos y allí estaba ella.

No era una geisha de las antiguas estampas, ni una yokai de los cuentos que su abuela le contaba de niña. Era simplemente… presente. Piel color miel bruñida por la luna, cabello negro que caía como tinta derramada hasta la cintura, y unos ojos que parecían contener todo el verano que Kioto acababa de dejar atrás. No habló. Solo sonrió con esa curva lenta que prometía secretos sin prisa.

Se acercó gateando sobre el futón, felina, sin romper el contacto visual. Mitsuki sintió que el pulso se le alojaba en la garganta, en las muñecas, entre los muslos. Cuando la desconocida llegó a su altura, no la tocó de inmediato. Primero dejó que su aliento le rozara el cuello, cálido y pausado, como si estuviera probando el sabor del aire que ella exhalaba.

Mitsuki levantó una mano temblorosa y rozó la mejilla de la otra. Su piel era suave como pétalos mojados. Entonces sí: los labios se encontraron. Un beso que empezó tímido, exploratorio, y que pronto se volvió profundo, hambriento, como si las dos hubieran estado esperando esa boca exacta desde siempre.

Las manos de la desconocida bajaron por la columna de Mitsuki , trazando cada vértebra con la yema de los dedos, deteniéndose en la pequeña depresión de la base de la espalda. Allí presionó, suave pero firme, y Mitsuki se estremeció sin poder evitarlo, dejando escapar un suspiro que sonó a rendición.

La seda del futón crujía bajo ellas. La luna seguía entrando a tiras, iluminando fragmentos: un pezón endurecido, el arco de una cadera, el brillo húmedo en los labios de ambas. No hubo palabras. Solo respiraciones que se acompasaban, gemidos que se tragaban mutuamente, piel que buscaba más piel.

Cuando los dedos de la desconocida encontraron el calor entre sus piernas, Mitsuki ya estaba temblando. No fue brusco. Fue lento, deliberado, como si estuviera dibujando un haiku con cada caricia circular. Mitsuki se aferró a sus hombros, clavó las uñas con suavidad, y dejó que el placer la recorriera en oleadas tranquilas pero imparables.

La desconocida bajó la boca hasta su pecho, lamió primero un pezón y luego el otro, mientras sus dedos seguían moviéndose dentro de ella con esa cadencia perfecta que hace que el tiempo se detenga. Mitsuki sintió que se deshacía, que se convertía en luz líquida. Cerró los ojos y se entregó al vaivén, al roce, al calor que subía desde el centro de su cuerpo hasta la garganta.

El clímax llegó como una ola mansa que crece y crece hasta romper sin ruido. Solo un jadeo largo, un estremecimiento que le recorrió todo el cuerpo, y luego quietud. Dulce, absoluta quietud.

Cuando abrió los ojos, la desconocida ya no estaba. Solo quedaba el aroma a jazmín en el aire, la seda del futón aún tibia, y una sonrisa que Mitsuki no podía borrar de sus labios.

Samantha F. Lewis signature

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