Volví a casa con el sabor de alguien más en los labios

Ayer volví a casa de día. No recuerdo la última vez que sucedió algo así (cuando los años empiezan a sumar, se pierden algunas costumbres). La ciudad todavía respiraba ese frío limpio de enero, pero yo traía el cuerpo encendido. No fue nada planeado. Simplemente pasó.

Estábamos en ese bar pequeño de Malasaña donde la luz es tan tenue que todo se ve más «peligroso». Ella se acercó porque dijo que mi risa le había llegado desde la otra punta. Yo la miré y pensé: «vaya, ¿qué hay en esos ojos?». Hablamos de cosas tontas, de esas cosas que suenan inocentes hasta que de pronto ya no lo son.

En un momento me rozó la muñeca con dos dedos, solo eso, y sentí que el roce bajaba directo hasta el vientre. No hubo grandes declaraciones. Solo nos miramos y supimos que íbamos a besarnos en la calle, contra la pared de un portal que olía a lluvia vieja. Sus labios sabían a gin y a ganas contenidas. Me mordió el labio inferior y yo le devolví el gesto metiendo los dedos en su pelo, tirando un poco, lo justo para que soltara ese suspiro que me volvió loca.

Subimos a su casa porque la mía quedaba demasiado lejos y ninguna de las dos quería esperar. La puerta se cerró y todo se volvió lento, deliberado. Me quitó la camisa despacio, como si estuviera desempaquetando algo que había esperado mucho tiempo. Yo le desabroché los vaqueros con los dientes, riéndome porque era ridículo y perfecto a la vez. Nos caímos en la cama entre risas y jadeos, y cuando sus manos encontraron ese punto exacto entre mis muslos, cerré los ojos y dejé que el placer me recorriera como agua caliente.

Nos tocamos como si tuviéramos toda la noche y toda la vida. Ella me besó el cuello mientras sus dedos se movían dentro de mí con esa precisión que solo tiene quien sabe escuchar el cuerpo del otro. Yo le devolví el favor con la boca, saboreándola despacio, disfrutando cada temblor, cada “sí, justo ahí”. Cuando se corrió fue con un gemido largo y ronco que me hizo apretar los muslos contra su mano. Y cuando me tocó el turno a mí, ella no paró hasta que me deshice entera, rindiéndome ante su lengua, notando la piel húmeda y erizada.

Después nos quedamos abrazadas, respirando bajito. ¿volveríamos a vernos? A veces el mejor sexo es el que no promete nada más que justo eso: placer puro, sin etiquetas, sin mañana obligatorio.

Me fui cuando empezaba a amanecer. Me puse la ropa oliendo a ella, a nosotras. Caminé por calles vacías con una sonrisa tonta y el cuerpo todavía vibrando.

A veces pienso que el deseo no necesita grandes historias. Basta con dos personas que se miran y deciden decir que sí. Sin culpa. Sin drama. Solo ganas de sentirse vivas.

Y tú, ¿cuándo fue la última vez que volviste a casa con el sabor de alguien más en los labios? Cuéntamelo en los comentarios.

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