Mi nombre es Tormenta

La ciudad flotaba entre nubes de vapor violeta, suspendida por columnas de cristal negro que cantaban cuando el viento las rozaba. Año 2147, en algún lugar sobre lo que alguna vez fue el Pacífico Sur. Yo era Lira, cartógrafa de tormentas, la que trazaba los relámpagos antes de que ocurrieran. Nadie me preguntaba por qué siempre elegía turnos de noche; ¿la verdad? Las vistas eran las mejores.

Aquella madrugada el cielo se abrió como una herida. Bajé al mirador inferior, el que nadie usaba porque temblaba demasiado cuando las corrientes magnéticas se ponían juguetonas. Allí estaba ella. No la había visto antes, pero su silueta contra el fulgor eléctrico me resultó familiar, como si mi cuerpo la hubiera reconocido antes que mis ojos.

Se llamaba Zinael. Piel del color del café quemado, ojos que parecían absorber la luz en vez de reflejarla. Enfundada en el uniforme de mantenimiento, pero mal abrochado, como si las reglas fueran una sugerencia que podías ignorar. Me miró sin sorpresa, solo con una media sonrisa que decía: «sabía que vendrías».

Hablamos poco. Las palabras sobraban cuando el aire olía a ozono y a deseo contenido. Me acerqué porque el suelo vibraba y necesitaba afianzarme en algo sólido; terminé apoyándome en ella. Sus manos encontraron mi cintura como si siempre hubieran sabido dónde estaba el hueco exacto entre mis costillas. No hubo preguntas. Solo su aliento cálido contra mi cuello y el rumor lejano de un relámpago que aún no había nacido.

Nos besamos como si el tiempo fuera un lujo que se nos acababa. Sus labios sabían a sal y a metal caliente. Deslizó los dedos bajo mi chaqueta térmica, encontró la piel que siempre mantengo escondida, y la acarició con una lentitud que me hizo gemir contra su boca. Yo respondí bajando la cremallera de su traje, despacio, dejando que el sonido se mezclara con el zumbido de la ciudad. Su pecho subía y bajaba rápido; el mío también.

La tumbé sobre la plancha tibia del mirador. El cristal negro vibraba bajo nosotras como un corazón enorme. Le quité el resto de la ropa con dedos deseosos y, cuando por fin la tuve desnuda, la luz violeta le pintaba curvas que me hicieron olvidar cómo se respira. Besé su clavícula, bajé por el valle entre sus pechos, rodeé un pezón con la lengua hasta que se endureció y ella arqueó la espalda con un suspiro que sonó a tormenta lejana.

Mis manos bajaron por su vientre, encontraron el calor húmedo entre sus muslos. Deslicé un dedo, luego dos, y ella se abrió para mí como si llevara esperándome toda la eternidad. Moví los dedos despacio, buscando el lugar exacto mientras mi boca volvía a la suya. Zinael jadeaba palabras que no entendía, pero que sonaban a súplica y a victoria al mismo tiempo.

Entonces apartó mi mano y, sin más, me llevó con una fuerza suave pero segura hasta apoyar mi espalda en el vidrio del mirador. Sus manos separaron mis piernas, su boca encontró mi centro y lamió con una dedicación que me hizo cerrar los ojos y olvidar dónde estábamos. Su lengua trazaba caminos imposibles, entraba y salía, rodeaba el punto exacto que me hacía temblar. Metió dos dedos mientras su boca seguía trabajando, y me deshice en oleadas que subían desde los dedos de los pies hasta la nuca.

Cuando el clímax me atravesó, grité su nombre y el cielo respondió con un relámpago que iluminó todo. Ella subió hasta mi boca, me besó con el sabor de mi intimidad y su saliva, y nos quedamos allí, jadeando, mientras la ciudad seguía cantando a nuestro alrededor.

Nos vestimos sin prisa. Antes de separarnos, Zinael me rozó la mejilla con el dorso de la mano.

—Volveré la próxima tormenta —dijo.

Sonreí con melancolía. Las dos sabíamos que no lo haría.

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Samantha F. Lewis signature

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