Anoche volví a perderme en tu miel

Relato erótico - Anoche volví a perderme en tu miel

Querida lectora, querido lector que se pierde en mis noches.

A veces una se despierta con el sabor todavía pegado en la lengua y sabe que no fue un sueño. Anoche pasó. Estaba en una azotea de La Habana Vieja, pero no la de ahora: era 1953, el Malecón rugía más abajo con los motores de los coches y el aire olía a sal, tabaco y promesas baratas. Yo era una cantante de boleros que apenas empezaba a entender que mi voz no era lo único que podía hacer temblar a quien me escuchaba.

Ella se llamaba Carmen. Pelo negro azabache cayéndole en ondas hasta la cintura, vestido rojo que se pegaba como segunda piel cada vez que la brisa decidía jugar. Nos habíamos visto tres noches seguidas en el club: ella siempre en la misma mesa del fondo, fumando con esa calma que tienen las que saben lo que quieren y cuánto tardarán en conseguirlo. La cuarta noche no esperé a que terminara mi turno. Bajé del escenario con el micrófono todavía caliente en la mano, caminé directo hacia ella y le dije sin voz, solo con los ojos: “ven”.

Subimos a la azotea del edificio de al lado, un lugar que nadie reclamaba porque las estrellas parecían más cerca que las luces de la calle. La puerta se cerró con un clic suave y de pronto solo estábamos nosotras, el mar golpeando allá abajo y el calor que empezaba a trepar por mi espalda como si alguien hubiera encendido una vela dentro de mí.

Me besó primero. Labios que sabían a ron añejo y a algo más oscuro, más hambriento. Sus manos subieron por mis costados, lentas, reconociendo cada curva como si estuviera memorizando una canción que iba a cantar después. Yo le desabroché los botones del vestido con dedos que temblaban un poco —no de nervios, de ganas—. La tela cayó al suelo con un susurro y ahí estaba ella, desnuda bajo la luna, piel morena brillando como si la hubieran pulido con arena y deseo.

La empujé contra la baranda, con cuidado. Mis labios bajaron por su cuello, por la clavícula, hasta encontrar uno de sus pezones ya duro esperándome. Lo tomé con la boca, suave al principio, luego más firme, succionando hasta que ella soltó un gemido que se mezcló con el ruido de las olas. Sus manos se enredaron en mi pelo, tirando justo lo necesario para que sintiera esa deliciosa punzada que va directo entre las piernas.

Bajé más. Besos abiertos por su vientre, por el interior de los muslos. Cuando llegué ahí, ya estaba mojada, lista. Separé sus labios con los dedos y pasé la lengua despacio, probándola entera, deteniéndome en el clítoris con círculos pequeños que la hacían jadear. Metí dos dedos dentro de ella, despacio al principio, sintiendo cómo se apretaba mi alrededor, cómo su interior palpitaba pidiéndome más. Los curvé, buscando ese punto que la volvería loca, y cuando lo encontré ella gritó mi nombre —o lo que fuera que sonaba como mi nombre en ese momento— y empezó a moverse contra mi boca, contra mi mano, montándome la cara sin vergüenza.

Yo estaba ardiendo. Mi propia excitación me empapaba los muslos. Quería verla deshacerse primero. Aumenté el ritmo, chupando más fuerte, metiendo los dedos más profundo, hasta que su cuerpo se tensó entero, tembló con violencia y se vino en mi boca con un gemido largo que pareció durar siglos. Sentí cada contracción, cada ola de placer recorriéndola, y me quedé ahí, lamiendo suave mientras ella bajaba, respirando entrecortada.

Pero no había terminado con ella. Ni ella conmigo.

La giré, la puse de espaldas a mí, pecho contra la baranda. Le separé las piernas con la rodilla y deslicé mi mano entre sus muslos desde atrás, encontrándola todavía sensible, todavía palpitante. Con la otra mano le acaricié los pechos, pellizcando los pezones mientras mis dedos volvían a entrar en ella, esta vez más rápido, más profundo. Ella empujaba hacia atrás, buscando más.

Entonces me detuve un segundo, solo para quitarme lo poco que llevaba puesto. Me pegué a su espalda, piel contra piel, mis pechos aplastados contra ella, mi pubis rozando su culo. Bajé la mano y empecé a frotarme contra ella, mi clítoris deslizándose por su humedad, por su calor. Las dos gemíamos bajito, sincronizadas, moviéndonos al mismo ritmo. Le mordí el hombro, no fuerte, solo lo suficiente para marcarla un poquito, y ella respondió apretándome la mano contra su sexo, pidiéndome que no parara.

Nos corrimos casi al mismo tiempo. Primero ella, otra vez, temblando entera, apretándome los dedos con fuerza. Y luego yo, olas de placer subiéndome por la columna, explotando entre mis piernas mientras me frotaba contra ella una última vez, lenta, profunda, hasta que las dos nos quedamos quietas, jadeando, riéndonos bajito porque el mundo seguía girando abajo y nosotras acabábamos de detenerlo por un rato.

Después nos quedamos ahí, abrazadas, mirando el mar. No hizo falta decir nada. A veces el cuerpo habla mejor que las palabras.

Samantha F. Lewis signature

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