Hoy quiero llevarte al Egipto de la dinastía XVIII, cuando el Nilo aún cantaba con voz propia y los templos olían a incienso y a promesas que no se pronunciaban en voz alta. Como sacerdotisa de Isis en el gran templo de Karnak, era guardiana de los misterios que solo se revelan a quien sabe escuchar el silencio entre los latidos. Mi piel brillaba con aceite de mirra, mis trenzas pesaban con cuentas de lapislázuli, y cada noche, cuando la luna se ponía llena sobre el río, sentía que el dios mismo me rozaba la nuca con su aliento ardiente.
Él llegó en una barcaza cargada de cedro y especias, un mercader fenicio de ojos color ámbar y manos que parecían haber acariciado más sedas que mujeres. Se llamaba Melqart, aunque yo nunca pronuncié su nombre entero; me bastaba con el modo en que su voz grave hacía vibrar el aire cuando preguntaba por los rituales prohibidos. Decía que había cruzado mares para comprar papiro sagrado, pero yo sabía que mentía. Venía por algo más antiguo que el comercio: venía a probar lo que las sacerdotisas guardamos entre las columnas del sanctasanctórum.
Me encontró en el lago sagrado, desnuda bajo la luna, el agua lamiéndome los tobillos mientras recitaba las palabras que hacen que el Nilo se derrame de su cauce. No dijo nada. Solo se acercó despacio, descalzo sobre la piedra aún tibia del día, y se arrodilló a mi lado como si fuera una ofrenda. Sentí su aliento antes que sus dedos: cálido, salado, con olor a mar lejano. Me rozó la pantorrilla con la yema de los dedos, apenas un susurro, y yo no me moví. Dejé que subiera, lento, como el agua misma cuando crece.
Me llevó hasta la orilla entre juncos altos, donde nadie del templo podía vernos. Allí, bajo la mirada indiferente de las estrellas, me tumbó sobre mi propia capa de lino blanco. Sus manos eran fuertes pero sabían esperar; recorrieron mis costados como si memorizaran cada curva, cada hueco. Cuando llegó a mis pechos, los apretó con la presión justa que hace que el aire se escape en un gemido incontenible. Besó mi cuello, lamió la sal del sudor que ya perlaba mi piel, recibiendo de momento sin dar nada a cambio.
Sus labios bajaron por mi vientre, deteniéndose en el ombligo como si fuera un pozo del que beber. Luego más abajo, hasta donde el calor ya era insoportable. Separó mis muslos con reverencia, como quien abre un cofre que guarda tesoros. Su lengua fue la primera en probarme, lenta, explorando cada pliegue como si leyera un texto antiguo. Yo enredé los dedos en su cabello negro y tiré con suavidad, guiándolo, pidiéndole sin palabras que no parara. El placer llegó en oleadas, como el Nilo cuando se desborda: primero suave, luego imparable. Gemí por primera vez y él respondió vibrando contra mí, haciéndome temblar.
Por fin lo atraje hacia arriba. Quería sentirlo dentro, quería que me llenara como el río llena la tierra negra. Se colocó entre mis piernas, su sexo duro rozando mi entrada, y esperó. Esperó hasta que yo misma lo busqué con las caderas, hasta que lo tomé con un movimiento lento y profundo. Entró de una sola embestida, y los dos soltamos el aire a la vez, como si hubiéramos estado conteniendo el aliento desde que nació el mundo.
Nos movimos juntos, primero despacio, saboreando cada centímetro, cada roce. Luego más rápido, más urgente. Mis uñas se clavaron en su espalda, dejando marcas que mañana serían historias que contar en secreto. Él gruñía contra mi oído palabras en su lengua que no entendía pero que sonaban a deseo puro. Cuando sentí que llegaba al borde, apreté los músculos alrededor de él. Se derramó dentro de mí con un gemido ronco, y yo lo seguí segundos después, incapaz de contenerme.
Nos quedamos así un rato largo, piel contra piel, respiraciones acompasadas, el lago murmurando a nuestro alrededor. Antes de que la luna se escondiera, me besó la frente y susurró: “Volveré cuando la próxima luna esté llena”. Yo solo asentí. Sabía que volvería. Y sabía que yo estaría esperándolo, con el mismo aceite de mirra y el mismo deseo latiendo bajo la piel.
Más tarde, cuando ya se había ido en su barcaza, me quedé mirando las estrellas desde el techo del templo. Pensé que los dioses a veces envían a sus heraldos solo para recordarnos que incluso las sacerdotisas podemos arder.
La segunda noche que vino no hablamos. Entró en mi cámara secreta detrás del naos, donde solo se permitía la presencia del sumo sacerdote y la mía. Cerró la puerta de cedro con suavidad y se quitó la túnica sin prisa. Su cuerpo era fuerte, curtido por el sol y el mar, con cicatrices que contaban viajes que yo nunca haría. Me acerqué desnuda, solo con el pectoral de oro y lapislázuli entre los pechos, y lo empujé contra la pared de piedra fresca.
Lo besé con hambre esta vez, mordiendo su labio inferior hasta que gimió. Mis manos bajaron por su pecho, arañaron su abdomen, y cuando llegué a su sexo ya estaba duro, caliente, palpitando contra mi palma. Lo acaricié despacio, apretando justo donde sabía que lo volvería loco, mientras él me pellizcaba los pezones.
Lo llevé al lecho bajo, cubierto de pieles de leopardo que había robado del tesoro del templo. Me puse encima, a horcajadas, y lo guié dentro de mí sin preliminares. Estaba tan mojada que entró sin resistencia, llenándome por completo. Comencé a moverme, subiendo y bajando, girando las caderas en círculos lentos que lo hacían jadear. Él me agarró por la cintura, marcando el ritmo, empujando hacia arriba con fuerza cada vez que yo bajaba.
Cambiamos de posición: él detrás de mí, embistiéndome con fuerza mientras yo apoyaba las manos en la pared y arqueaba la espalda; luego de lado, con una de mis piernas sobre su hombro para que pudiera entrar más profundo; después yo encima otra vez, pero esta vez de espaldas, sintiendo cómo sus manos me abrían las nalgas mientras yo cabalgaba sin control.
Cuando sentí que estaba cerca otra vez, me detuve y me giré para mirarlo a los ojos. “Quiero sentirte en la boca”, le dije en voz baja. Bajé por su cuerpo, lamiendo el sudor de su pecho, su ombligo, hasta llegar a su sexo. Lo tomé entero, saboreando el sabor salado de los dos mezclados. Lo chupé con ganas, jugando con la lengua en la punta, bajando hasta la base, apretando con los labios. Él enredó los dedos en mi cabello y empujó con delicadeza, follándome la boca con cuidado al principio, luego más profundo. Gemí alrededor de él y eso lo llevó al límite.
Se corrió en mi boca con un gruñido animal, y yo tragué todo, lamiendo los restos como si fuera néctar sagrado. Luego me tumbó de espaldas, me abrió las piernas y se hundió en mí otra vez, esta vez sin piedad. Me folló con fuerza, rápido, profundo, hasta que volví a estallar, apretándolo dentro de mí, ordeñándolo mientras él se vaciaba por segunda vez.
Quedamos exhaustos, sudorosos. Antes de irse, me dejó un colgante de concha y coral entre los pechos. “Para que me recuerdes cuando el Nilo baje”, dijo. Lo besé una última vez y lo dejé marchar.
A veces, cuando la luna está llena, aún siento su sabor en la lengua y sonrío sola en la oscuridad del templo.



