El idioma de la piel

Foto de Alexander Krivitskiy en Unsplash

El apartamento olía a lluvia reciente y a cera de vela derretida. Yo estaba en la ventana, con una copa de vino que no había probado, cuando sentí sus manos en mis caderas.

Me volví. Llevaba el pelo suelto, oscuro, y una camisa de seda color hueso que se adhería a la humedad de su piel. No dijo nada. Habíamos gastado ya todas las palabras en mensajes de madrugada, en confesiones escritas con el pulso acelerado.

Se acercó tanto que sentí el calor de su aliento en mi boca, a menta y a algo más oscuro, más antiguo. Sus labios rozaron los míos sin llegar a sellar el beso, una promesa suspendida en el aire. Cerré los ojos. Esperé. Cuando ya no podía más, su boca se cerró sobre la mía con una certeza que me dobló las rodillas.

Su lengua entró despacio, como quien penetra en un templo, y yo la recibí con la misma devoción. Saboreé el interior de su cavidad, mezcla de saliva y deseo. Sus manos subieron por mi espalda, encontraron la cremallera de mi vestido, y la bajaron con una lentitud que me volvió loca. La tela cayó al suelo como una flor que se desprende de su tallo.

Me quedé en ropa interior, expuesta, sintiendo su mirada recorrer cada centímetro de mi cuerpo. Me tomó de la mano y me llevó al sofá. Se sentó y me hizo posar a horcajadas sobre sus muslos.

—Quiero verte —musité con voz ronca, quebrada.

Se desabrochó la camisa. Debajo, su piel era de un tono cálido, aceitunado, con un lunar justo debajo del pecho izquierdo, ya descubierto en mis fantasías. Sus senos, pequeños y firmes, se alzaban con cada respiración agitada. Me incliné y capturé uno de sus pezones entre los labios. Era como una cereza madura, dulce y resistente. Lo succioné, lo mordisqueé con los dientes, y ella tensó la espalda, enterrando sus dedos en mi cabello, guiando mi cabeza con una urgencia silenciosa.

—Más —susurró.

Bajé. Besé su estómago, el hoyuelo de su ombligo, la curva de sus caderas. Le arranqué la ropa interior con los dientes, tirando despacio, revelándola centímetro a centímetro. Cuando quedó desnuda ante mí, me detuve a contemplarla. Estaba empapada, brillante, abierta como una flor nocturna. El aroma de su excitación me embriagó, me volvió feroz.

Separé sus muslos con las manos y me adentré. Mi lengua encontró su clítoris —ese nudo de nervios, ese punto donde todo converge— y empecé a lamerlo con movimientos largos y pausados, saboreando esa fruta exótica. Ella se estremeció, sus caderas se alzaron del sofá buscando más contacto, más presión. Introduje un dedo dentro de ella, sintiendo la contracción cálida y empapada. Jadeó con un sonido gutural que resonó en el silencio del apartamento.

—Ahí, justo ahí —exhaló.

Aumenté el ritmo. Mi lengua dibujaba círculos implacables sobre su clítoris, mientras mi dedo —y luego dos— se movían dentro de ella con un vaivén constante, profundo. Sentí cómo su cuerpo se estremecía, cómo sus músculos internos se cerraban alrededor de los intrusos, cómo su respiración se volvía entrecortada, casi un sollozo. Se agarró a los cojines del sofá, su cuerpo expectante.

Alcanzó el clímax con un grito ahogado, una sacudida que recorrió todo su cuerpo desde la raíz. Sus paredes internas palpitaron alrededor de mis dedos en espasmos que parecían no tener fin. La sostuve, esperé mientras descendía, mientras temblaba, mientras sollozaba mi nombre contra el aire húmedo de la habitación.

Cuando abrió los ojos estaban vidriosos, perdidos en una neblina de placer. Me senté sobre ella de nuevo, y ella, con una fuerza que me sorprendió, me tumbó sobre el sofá. Ahora era yo la que quedaba de espaldas, jadeante, esperando.

Se inclinó sobre mí. Sus senos rozaron los míos mientras sus labios bajaban por mi cuello, mordiendo, chupando, dejando marcas que mañana serían poesía violeta. Sus manos me arrancaron la ropa interior y me quedé desnuda bajo ella, abierta.

Me penetró con dos dedos de golpe, sin advertencia, y el placer fue tan intenso que grité. Estaba tan empapada que el sonido de su entrada fue obsceno, hermoso, música primitiva. Comenzó a moverse dentro de mí con un ritmo perfecto, cruel, mientras su pulgar presionaba mi clítoris en círculos cada vez más rápidos.

—Quiero ver cómo te corres—murmuró contra mi oreja, y su aliento me hizo estremecer.

Sentí que el orgasmo se construía en lo profundo de mi vientre, una ola que crecía, imparable. Mis caderas se movían al compás de su canción, buscando más, siempre más. Cuando llegó, fue como un naufragio. Me rompí en mil pedazos de luz blanca, mi cuerpo se convulsionó, y grité su nombre con una voz que no sabía que tenía, una voz de animal herido y de diosa al mismo tiempo.

Ella no se detuvo. Siguió moviéndose dentro de mí, prolongando el clímax hasta que fue casi doloroso, hasta que las lágrimas corrieron por mis sienes y le supliqué que parara, que no se detuviera nunca.

Cuando por fin retiró sus dedos, brillaban con mi néctar. Se los llevó a la boca y los succionó, mirándome a los ojos con una intensidad que me hizo sentir viva.

Nos quedamos abrazadas, entrelazadas como raíces bajo tierra, escuchando la lluvia que volvía a caer fuera. El vino intacto en la mesa, olvidado, denigrado ante ese otro sabor que aun permanecía en la lengua. Cerró los ojos y se dejó llevar en los brazos de Morfeo, junto a ella.

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